La contaminación de las aguas en México se ha convertido en uno de los problemas ambientales más graves de las últimas décadas, con ríos, lagos y mares utilizados como vertederos de desechos industriales, domésticos y agrícolas, lo que ha provocado pérdida de biodiversidad, deterioro de ecosistemas y escasez de agua limpia para las comunidades. Durante años, las soluciones se han centrado en limpiar lo ya contaminado, pero especialistas advierten que el verdadero cambio comienza con dejar de emitir aguas residuales sin tratamiento hacia los cuerpos hídricos, pues si se evita que los contaminantes lleguen, los ríos pueden iniciar un proceso natural de recuperación.
El tratamiento de aguas residuales provenientes de industrias, empresas y hogares es clave, ya que una vez depuradas pueden reutilizarse en procesos productivos, riego agrícola o usos urbanos potables, reduciendo la presión sobre los ríos y evitando la sobreexplotación de los mantos subterráneos. La Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) advierte que “solo el 14% del agua residual en México se trata y reutiliza, mientras que el resto termina contaminando ríos y acuíferos” (CONAGUA, Numeragua 2022). La política integral debe contemplar la recuperación de cuerpos de agua mediante la reducción de descargas contaminantes y el uso sustentable del recurso hídrico a través del tratamiento y reutilización de aguas residuales.
La única forma de devolver la salud a los ecosistemas acuáticos es dejar de contaminarlos, pues los ríos, lagos y mares no deben seguir siendo considerados basureros. Si se detiene la contaminación y se aprovechan las aguas tratadas, el ciclo natural puede restablecerse y el vital líquido podrá ser utilizado de manera responsable y sostenible.
El Río Lerma, que cruza el Estado de México y forma parte de una de las cuencas más importantes del país, enfrenta una crisis: de 55 plantas de tratamiento instaladas, solo 33 funcionan y únicamente 4 cumplen con normas ambientales, según un estudio de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM, 2023). Esta situación afecta a cerca de 3 millones de personas que viven en sus márgenes y enfrentan riesgos sanitarios por la contaminación crónica. El Río Atoyac, en Puebla y Tlaxcala, con fuerte presencia industrial, Informe del comisionado federal para el saneamiento del río Atoyac, registra 2,359 descargas ilegales y 1,332 tiraderos de basura en sus márgenes, de acuerdo con el informe del Comisionado Federal para el saneamiento del río (2023). Estudios académicos han relacionado esta contaminación con el aumento de enfermedades crónicas, incluyendo cáncer en comunidades cercanas.
La contaminación de aguas superficiales y subterráneas en México no se resolverá únicamente con programas de limpieza. La clave está en detener las descargas contaminantes y reutilizar el agua tratada, evitando que ríos como el Lerma y el Atoyac sigan siendo basureros líquidos. Solo así los ecosistemas podrán recuperarse y el país garantizar un uso sustentable del recurso hídrico.
Este enfoque responde al modelo de economía circular del agua, que plantea que las aguas residuales no deben ser vistas como desecho, sino como recurso. Una vez tratadas, pueden reincorporarse a procesos industriales, agrícolas y urbanos, además de permitir la recuperación de energía y nutrientes presentes en ellas. Como señala el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA), “el agua debe gestionarse bajo criterios de circularidad, garantizando que cada litro tratado tenga un nuevo uso, y que los costos de operación puedan cubrirse con los beneficios del reaprovechamiento, reduciendo así la extracción de acuíferos y asegurando la sostenibilidad del recurso”.






